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Noticias Genesinas
El DECE te invita a leer
2021-05-24

No existe un colegio o universidad que nos enseñe a ser padres, pero queremos aportar con pequeñas lecturas y consejos que si los aplicas estamos seguros te ayudarán en esta delicada misión:

Ser bondadosos: ¡la mejor forma de ser felices!

Para sorpresa de muchos, los hallazgos del trabajo realizado por un grupo de científicos que lideran la llamada Psicología positiva fueron que una felicidad perdurable tiene poco que ver con los éxitos académicos o profesionales, la riqueza, la juventud o la belleza física. Sus investigaciones revelaron que los seres humanos más felices son quienes tienen un gran corazón que se evidencia en la calidad de sus vínculos afectivos con los demás, así como en su compromiso de servir al prójimo. 

Esto significa que cultivar la bondad es la forma más sencilla de lograr que los hijos sean felices. Y que todos los padres podemos hacer la contribución más significativa a que ellos gocen de la verdadera felicidad inculcándoles un espíritu de servicio para que crezcan con el compromiso de hacer la diferencia en el mundo en que viven.

Inculcar la bondad en los hijos no es tarea fácil en un mundo en que cuenta más tener que ser y la conveniencia individual está por encima del bien común, por lo que ser bueno a menudo se entiende como "no hacerle mal a nadie". Los que no hacen el mal, pero tampoco el bien, no son buenos sino inútiles, otra forma de ser dañinos. Tampoco es dar para quedar bien ante los demás o ayudar a un infeliz para "ganarse el cielo", porque la bondad no es cuestión de trueque sino de amor. 

Muy buena parte de los problemas resultantes de la pobreza de muchos de nuestros semejantes podrán aliviarse el día que haya más gente buena que haga el bien y menos gente inútil concentrada solo en lo suyo. Así que es hora de dejar de preocuparnos por educar hijos capaces de "triunfar en la vida" (léase ganar mucho dinero), para dedicarnos a formarlos para que se dediquen a hacer el bien por el gusto de hacerlo.  Es gracias a la bondad de unos con otros como todos prosperamos y como se abona el terreno para que reine la paz entre nosotros.

Angela Marulanda

Cria tus hijos con un poco de hambre y un poco de frío

El amor que les tenemos a nuestros hijos nos lleva muchas veces a cegarnos y a olvidar lo que los hará felices a la larga. Es muy común en estos tiempos que los padres de familia, sobre todo los de ciertos recursos económicos, les construyamos un mundo irreal, sacado de un cuento de Walt Disney, aislándolos así de la realidad.

Cuando tarde que temprano el cuento termina, nuestros hijos se enfrentan a un mundo que desconocen, que no comprenden. Lleno de trampas y callejones sin salida que no saben sortear, y las consecuencias son peores a las que quisimos evitar.

Hace poco la imagen de un padre con lágrimas en los ojos nos conmovió profundamente. Se trata de Pelé, el gran ídolo del futbol de los últimos tiempos, quien, a diferencia de otras ocasiones, dio una de las ruedas de prensa más tristes y dolorosas de su vida: su hijo, Edson de 35 años fue arrestado junto a 50 personas más en la ciudad de Santos-Brasil. El hijo de Pelé fue acusado de asociación delictiva con narcotraficantes y puede ser condenado a 15 años de cárcel. Con lágrimas en los ojos, el ex futbolista brasileño admitió públicamente que su hijo estuvo involucrado en una pandilla de traficantes de cocaína arrestados por la policía. Pelé dijo a los medios: "Como cualquier padre, es triste ver a tu hijo metido en grupos como ése, ser arrestado, porque él tendrá que sufrir las consecuencias". Y agregó: "Desafortunadamente, yo quizás estaba demasiado ocupado y no me di cuenta. Es lamentable, porque yo siempre he peleado contra las drogas y no noté lo que pasaba en mi propia casa".

Pelé es un personaje mundial admirable como deportista y hombre honesto que no perdió su humildad como otras figuras del deporte. Sin embargo, es triste que un hombre bueno y talentoso como él se haya “distraído” en su jugada más importante: la formación de sus hijos.

La historia de Pelé no es un hecho aislado. Por desgracia es la vida de cientos de padres de familia de estas épocas atrapados en una agenda saturada de trabajo y de compromisos fuera de casa. Papás que compensan la falta de atención a sus hijos con bienes materiales. Los inscriben en las mejores escuelas, los rodean de lujos y comodidades y piensan que con eso ya cumplieron con su tarea de padres, cuando lo único que han logrado es formar niños que desconocen el hambre y tiran lo que no les gusta. Hijos tiranos, pequeños monstruos insoportables y prepotentes que sufrirán y harán sufrir a sus semejantes porque desde pequeños se han salido con la suya.

Muchachitos que creen que sentir frío o calor es cuestión de aire acondicionado; que el cansancio que han sentido se limita a caminar unas cuantas cuadras porque no hallaron estacionamiento frente al antro; jovencitos que piensan que el trabajo de los padres es firmar cheques para que ellos tengan todo lo que se les antoja. 

¿Qué posibilidades tienen nuestros hijos de convertirse en hombres y mujeres de bien si los papás les damos todo y no les educamos la voluntad? ¿Qué hijos estamos formando si con nuestra actitud les mostramos que el dinero es lo más importante en la vida?

Confucio decía "Educa a tus hijos con un poco de hambre y un poco de frío". Cuánto bien hacen los padres a los hijos cuando ponen esa máxima tan sencilla en práctica. Y cuánto daño les hacemos al ponerles todo en bandeja de plata.

Hay muchas realidades que como padres quisiéramos desaparecer, el sufrimiento de los hijos, el exceso de sudor y de esfuerzo, las carencias económicas, y, sin embargo, quizás esas realidades no los hagan felices de momento, pero a la larga puedan forjarlos como hombres y mujeres de bien. 

Ojalá que más padres de familia tengan la inquietud de enterarse por dónde andan sus hijos. Que no les vaya a pasar que cuando tengan tiempo deban decir: "Estaba demasiado ocupado y no me di cuenta".

“ENCÁRGATE HOY DE LO POSIBLE, QUE DIOS SE ENCARGARÁ POR TI DE LO IMPOSIBLE”.


El éxito no es un destino

Pocas cosas son tan satisfactorias en la vida como ver que los hijos triunfan.  Y es posible que por ello, muchos de nuestros esfuerzos como padres están encaminados a lograr que ellos tengan éxito en todo lo que se proponen.

Sin embargo, si bien es maravilloso que los hijos se destaquen y se les reconozca como los mejores, es muy peligroso caer en el error de que el reconocimiento público que su triunfo les conlleva se convierta en la meta de todo lo que se proponen.

Pero más peligroso es aún que los padres vivamos sus triunfos como una credencial que ratifica nuestra idoneidad como tales o como una forma de lograr a través de ellos el éxito que no pudimos lograr nosotros a su momento.

En la sociedad competitiva actual la fama dada por los triunfos se ha convertido en un valor supremo y la vida gira en torno a lograrla. Pero en el proceso hemos olvidado que lo importante no es qué tanto se destaquen nuestros hijos sino el precio que se paga por ello.  ¿Estaremos sacrificando la paz del hogar cambiándola por la tensión que genera vivir llenos de actividades y agobiados por la ambición de sobresalir? Habremos perdido nuestro rumbo y precipitado a los hijos por el camino errado cegados por el afán de verlos ocupar un primer lugar?

El éxito no es un destino, es un camino. Triunfamos como padres cuando respetamos la dignidad de nuestros hijos y los aceptamos como son a pesar de que no sean lo que soñamos; cuando logramos que su vida se rija por el deseo de ser mejores personas y no por el ansia de ser poderosos; cuando les inculcamos que lo que les garantizará un lugar prominente en la sociedad no será el dinero que ganen sino lo mucho que aporten al bienestar de sus semejantes; cuando tienen claro que su éxito no depende del alcance de su fama ni del monto de sus bienes, sino de la cuantía de sus contribuciones.

Los padres mandan. Los hijos agradecen

El siguiente texto de Lidia Aratangy* explica cómo los padres pueden y deben tomar una postura coherente y segura, una autoridad firme y confiable para que los niños pueden aprender sobre principios, valores y comportamientos.

El padre y la madre no pueden renunciar a ejercer el poder, que se basa en el conocimiento y la experiencia, no en la fuerza; ambos tienen la función de establecer para los niños límites claros y consistentes, sin los cuales ellos no tendrán elementos para desarrollar su independencia.

Ideas clave

La autoridad de los padres actúa como factor de seguridad, sin el cual el niño estaría a merced de sus impulsos, lo que lo dejaría inseguro y angustiado.

Los límites impuestos por la realidad y traducidos por los padres, insertan al niño en el universo de lo humano, es decir, de lo social.

La autoridad trae implícita la responsabilidad de hacer que el niño entienda lo que se espera de él, con el fin de que pueda generalizar hacia situaciones nuevas; los padres tienen el deber de ayudar al niño a cumplir con esas expectativas.

A nadie le gusta escuchar un no. A nadie le gusta decir que no. Pero decir no es parte de la responsabilidad de los padres, así como parte del desarrollo del niño es aprender a respetar los límites y defender sus puntos de vista a través de argumentos, no de la rabieta. Los padres deben entender que la rebeldía del niño no significa ruptura ni desamor, significa afirmación de la diferencia. Hacer frente a la rebeldía de los hijos, en vez de temer esa respuesta, es parte de la función de los padres; en la misma medida que lo es para los niños a aprender a tolerar las frustraciones derivadas de los límites que impone la realidad, de la cual los padres son depositarios y traductores.

Por más poderosos e indulgentes que sean los padres, ningún niño tiene todos sus deseos cumplidos, porque el deseo es, en sí mismo ilimitado. Por lo tanto, el niño se da cuenta de que, inevitablemente, la frustración es inherente a la vida y aprende a lidiar con ese sentimiento. Pero si los padres intentaran satisfacer inmediatamente todos sus deseos, el niño entenderá que la frustración es un desvió de ruta, derivado de la incompetencia o la intolerancia de los padres, y tendrá más dificultades para tolerar las frustraciones que la realidad impone. Se convierten en niños impacientes y berrinchudos y tienden a transformarse en adolescentes angustiados que sufren cuando tienen que soportar cualquier postergación de las satisfacciones.

Lo que significa ser libre

La libertad, tan preciada para el ser humano, no depende de las convicciones ideológicas de los padres ni del poder de seducción de los niños: la libertad es una cuestión de competencia para tomar decisiones. Libre no es quien “hace lo que quiere”, porque tenemos deseos infinitos simultáneamente y es imposible responder a todos ellos. Quién sólo hace lo que quiere, está más cerca de la locura que de la libertad.

Entre los innumerables deseos que compiten en nuestro mundo interior y las posibilidades de satisfacción que ofrece la realidad de cada momento, es fundamental tomar decisiones (con las debidas excepciones). Y sólo es realmente libre para elegir aquél que tiene la competencia para hacer frente a las consecuencias de sus decisiones. Quién elige ir a jugar con sus amigos en lugar de hacer una lección de la escuela, tendrá que hacer el trabajo en la noche, con el riesgo de somnolencia por la mañana y, poniendo así en riesgo los compromisos del día. Hecha la decisión, quien haya elegido una opción errada, tendrá que responder por los resultados.

Pero, ¿cuántos padres están dispuestos a dejar que un hijo sufra las consecuencias de sus malas decisiones, de sus actos desastrosos? ¿Cuántos padres toleran que un hijo repita un grado después de un semestre de pereza? Es más común matricularlo en una escuela más débil, para que “él no pierda el año”. Así, el niño aprende que puede reincidir y terminar por librarse de las consecuencias. Y ¿cómo hacerlos responsables si viven siempre bajo el hechizo de una magia cotidiana que transforma misteriosamente el desorden y la suciedad en limpieza y orden, en la escuela o en la casa? ¿Cómo enseñar a respetar la opinión del otro, si los padres confunden la violencia con la capacidad de liderazgo y por lo tanto llevan el hijo rebelde y difícil a creer que es un niño “de personalidad fuerte, que sabe lo que quiere”…?

¿Para qué sirve la autoridad?

Desde las primeras demarcaciones de fronteras entre el deseo del niño y los criterios de la realidad, los parámetros deben ser explicados y entendidos. De poco servirá una norma decretada sin una fundamentación que el niño pueda seguir. Si los padres se hacen obedecer, no estarán ejerciendo su función educativa, que es llevar al niño a entender principios y formar un código de referencia por el cual guiar su conducta. No basta que un niño respete o no, tiene que entender la razón de la prohibición, con el fin de aplicarla en situaciones similares. Tiene que comprender y aceptar ese código, ya que de él depende su inclusión en la comunidad humana, en la que, al contrario de lo que ocurre entre los animales, la ley no es la de la coerción por la fuerza.

El uso del castigo corporal está condenado, entre otras razones, porque se basa en la diferencia de fuerza física: incluso puede ser eficiente para asegurar la obediencia inmediata, pero no ayuda a que el niño entienda lo que se quiere de él. La obediencia ciega no es un objetivo valioso en la educación. Muchas iniquidades se cometieron en la historia reciente bajo la protección de la debida obediencia a una autoridad. Para ser realmente educativa, la imposición de límites tiene que pasar por un proceso de argumentación e incluso la confrontación, en la que padres e niños ejerciten sus respectivas capacidades de tolerancia y de seducción.

Para lograr este objetivo, las prohibiciones tienen que imponerse con convicción y tranquilidad y no en un tono vacilante o agresivo. Las órdenes deberían ser operativas, pues es parte de la responsabilidad de los padres ayudar a los niños a organizar su comportamiento a fin de errar menos. El niño tiene que entender lo que se espera de él, y cuál es el camino por el cual puede lograr ese objetivo. No basta, por ejemplo, exigir que el niño mantenga su habitación ordenada: es preciso explicar las ventajas de tener el espacio en orden (así, las cosas no se pierden, y no se pierde tiempo buscándolas) y ayudar a los niños a organizar su pertenencias.

El no de que se convierte en sí por la insistencia (con base en el irritante “¡Ya, déjame!”) Sólo enseña al niño a ser necio porque la única regla que aprende es la prohibición depende de la relación entre su perseverancia en insistir y la paciencia de los padres de resistir. 

Propósitos que deben hacer los padres para un mejor año escolar de sus hijos

Al comenzar el año escolar muchos padres hacemos toda serie de recomendaciones a nuestros hijos para que les ayuden a tener un año académicamente exitoso y sin mayores contratiempos. "Este año harás las tareas a tiempo”, “marcarás todos los libros para que no se te pierdan”, “cuidarás tus uniformes”, “llegarás puntual", etc. Algunas veces reforzamos estas sugerencias ofreciéndoles premios al terminar el año si cumplen con nuestras expectativas. Sin embargo, más efectivo que sugerirle a los menores los planes que deben hacer al comenzar el año escolar, es que los padres tengamos algunos propósitos, que si se llevan a cabo, seguramente contribuirán no solo al éxito académico de los chicos sino a la paz y tranquilidad del hogar. La reconocida autora y educadora familiar, Ángela Marulanda, propone los siguientes:

1. Me concentraré en enseñar a mi hijo a que sea respetuoso, honesto y responsable, y dejaré que la profesora se ocupe de enseñarles lectura, escritura, ciencias y matemáticas.

2. Recordaré que si trato de evitar que mi hijo tenga problemas en el colegio por su incumplimiento u olvido de los deberes académicos, lo único que logro es que aprenda a eludir su responsabilidad ante a los mismos.

3. No llevaré al colegio tareas, libros, trabajos o viandas olvidadas en casa, aunque mi hijo me llame suplicando que lo haga.

4. No compraré nuevos libros, útiles o uniformes que mi hijo pierda o dañe por descuido, y le haré pagar con sus ahorros la reposición de los mismos.

5. Inscribiré a mi hijo en una sola actividad después del colegio (deportes, música, etc.) a lo máximo, y sólo si él o ella lo desea y va bien en sus estudios.

6. No esperaré que mi hijo se destaque en todo. Aceptaré sus debilidades tanto como sus fortalezas, recordando que entre más aceptado por mí se sienta mejor será su capacidad para enfrentar sus fallas y superar sus fracasos.

7. Inculcaré a mi hijo que lo importante no es ser mejor que los demás sino hacer todo dando lo mejor de sí mismo, cualquiera que sea el desempeño de sus compañeros.

8. No justificaré ni disculparé a mi hijo cuando no entregue una tarea a tiempo sin causa muy justificada, así por mi falta de intervención o compasión le vaya mal en una materia o pueda ganarse una sanción severa.

9. No seguiré creyendo que cualquier problema, debilidad o falla de mis hijos es culpa mía o reflejo de mis propios defectos como persona. Recordaré que son ellos quienes deben decidir si aprovechan las oportunidades que se les presentan, sabiendo que muchos niños salen adelante aún en situaciones más adversas que las que ellos puedan estar enfrentando.

10. Sólo permitiré que mi hijo o hija vea televisión o se entretenga con videojuegos, tabletas o móviles, por un tiempo muy limitado al día, durante los días de la semana, para que tenga tiempo suficiente para estudiar, jugar y descansar.

11. Señalaré el esfuerzo y aplaudiré el progreso de mi hijo en los estudios y no me concentraré tan sólo en los resultados o calificaciones. Primero los felicitaré por sus buenas notas y luego discutiremos las medidas aconsejables para mejorar las deficientes.

12. Asistiré a las reuniones de padres de familia y ayudaré generosamente con el colegio en todas las actividades que desarrolle para beneficio de sus alumnos.

13. Colaboraré con los profesores y procuraré que mis hijos los respeten, pero no asumiré sus funciones ni me convertiré en el substituto del profesor en mi casa.

¡LOS HIJOS MUEREN EN SU CUARTO!

Antes perdíamos hijos en los ríos, en los matorrales, en los mares, ¡hoy los hemos perdido dentro de su habitación!

Cuando jugaban en los patios oíamos sus voces, escuchábamos sus fantasías y al oírlos, a la distancia, sabíamos lo que pasaba en sus mentes.

Cuando entraban en casa no existía una TV en cada habitación, ni dispositivos electrónicos en sus manos.

Hoy no escuchamos sus voces, no oímos sus pensamientos. Los niños están allí, dentro de sus habitaciones, y por eso pensamos que están seguros.

Cuánta inmadurez la nuestra!!!

Ahora se quedan con sus auriculares, encerrados en sus mundos, construyendo sus saberes sin que sepamos lo que es...

Perdiendo literalmente la vida, aún vivos en cuerpos, pero muertos en sus relaciones con sus padres, encerrados en un mundo de Tecnología que en nada contribuye a la formación de niños seguros y fuertes para tomar decisiones moralmente correctas y de acuerdo con sus valores familiares.

 Dentro de sus habitaciones perdemos a nuestros hijos con las drogas, las conversaciones con malos amigos, la pornografía, inmersos en un mundo de fantasía.

Muertos de su identidad familiar...

Se convierten en una mezcla de todo aquello por lo que han sido influenciados y los padres no siempre saben lo que sus hijos son.

Usted hoy pueden leer ese texto y enviarlo a los amigos; pero, podrán rescatar a sus hijos?...

Puede ver en él verdades y reflexionar. Todo esto será excelente.

Pero como Psicopedagoga he visto tantas familias enfermas con hijos muertos dentro de la habitación, entonces te hago una invitación y, por favor acepte!

*Te invito a sacar a tu hijo de la habitación, de la tableta, del celular, del ordenador, del auricular, te invito a comprar juegos de mesa, tableros y tener hijos en la sala, a tu lado por lo menos 2 días establecidos en tu habitación semana a noche (más allá del sábado y del domingo). *

Y juegue, diviértete con ellos, escucha las voces, las palabras, los pensamientos y que tengas la gran oportunidad de tenerlos vivos, "dando trabajo" y que ellos aprendan a vivir en familia, se sientan pertenecientes en el hogar para que no ¡necesiten aventurarse en esos juegos locos para sentirse alguien o tener un poco de adrenalina que antes tenían con las bromas en el patio!

¡Los buenos padres son ante todo valerosos!

Nadie duda que para ser buenos padres se necesita una gran dosis de amor, paciencia, ecuanimidad, comprensión, disciplina, para mencionar sólo algunas

Pero quizás lo que más necesitamos para formar hijos dotados de virtudes y capacidades que les permitan llegar lejos en la vida, es ser padres valerosos, es decir tener la fortaleza necesaria para hacer lo que más les conviene a los hijos, por duro que sea.

El compromiso de ser padres nos coloca a diario en situaciones que requieren mucha valentía para no tomar el camino fácil y privar a los hijos de los límites que son vitales para que,no sólo se rijan por los principios que les inculcamos, sino que tengan la fortaleza para ponerlos en práctica.

Por ejemplo, se necesita valor para no llevarles la tarea olvidada al colegio cuando nos llaman implorando que se la hagamos llegar; para no darles nada más de lo que estrictamente se merecen por mucho que rueguen que quieren más.

Valor para no permitirles participar en ese paseo o esa rumba en la que sabemos que no habrá supervisión de adultos con autoridad; para no pagar la fianza y evitar que los arresten  cuando es importante que aprendan que sus errores tienen amargas consecuencias.

Lo que necesitan los hijos no son padres complacientes y que vivan dedicados a darles todo, sino padres valientes, capaces de cuestionarse y tener la fortaleza para comprometerse tan seria y profundamente en la formación de sus hijos, que hagan lo que sea preciso para formarlos como personas correctas por difícil o doloroso que pueda ser.

Muchos de los problemas hoy en día son el resultado de confundir el ser buenos padres, es decir valientes, son ser padres complacientes.  Los padres complacientes trabajan muy duro con el fin de ofrecerle todo a sus hijos, pero lo que necesitan ellos son padres valientes que trabajen duro en ellos mismos para darles lo mejor de sí.

Los padres complacientes se miden por lo mucho que gastan en sus hijos, los valientes se miden por lo que ganan ellos con su esfuerzo.

Los padres complacientes hacen lo posible por resolverles todos los problemas a sus hijos, los valientes les enseñan a enfrentarlos y aprender de ellos.

Los padres complacientes tratan de evitarles sufrimientos a los hijos, los valientes procuran dotarlos de las herramientas para que puedan superarlos.

 
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